6to Encuentro Nacional de la Red Argentina del Paisaje
La construcción social del paisaje
Joan Nogué
Director del Observatorio del Paisaje de Cataluña
(www.catpaisatge.net)

Agradezco a los amigos de la Red Argentina del Paisaje la posibilidad que me brindan de dirigir unas breves reflexiones a los asistentes a su Encuentro Nacional. Un encuentro que este año lleva por título "La construcción social del paisaje", exactamente el mismo título del libro que edité para la colección "Paisaje y Teoría" de la editorial Biblioteca Nueva, y que se publicó en el año 2007. De ahí provienen buena parte de las reflexiones que siguen a continuación.

El paisaje es, en efecto, un producto social, el resultado de una transformación colectiva de la naturaleza y la proyección cultural de una sociedad en un espacio determinado. Las sociedades humanas han transformado a lo largo de la historia los originales paisajes naturales en paisajes culturales, caracterizados no sólo por una determinada materialidad (formas de construcción, tipos de cultivos), sino también por los valores y sentimientos plasmados en el mismo. En este sentido, los paisajes están llenos de lugares que encarnan la experiencia y las aspiraciones de los seres humanos. Estos lugares se transforman en centros de significados y en símbolos que expresan pensamientos, ideas y emociones de muy diversos tipos. El paisaje, por tanto, no sólo nos muestra cómo es el mundo, sino que es también una construcción, una composición de este mundo, una forma de verlo.

Entendiendo, pues, el paisaje como una mirada, como una "manera de ver", es fácil asumir que dichas miradas acostumbran a no ser gratuitas, sino que son construidas y responden a una ideología que busca transmitir una determinada forma de apropiación del espacio. Las miradas sobre el paisaje -y el mismo paisaje- reflejan una determinada forma de organizar y experimentar el orden visual de los objetos geográficos en el territorio. Así, el paisaje contribuye a naturalizar y a normalizar las relaciones sociales y el orden territorial establecido. Al crear y recrear los paisajes a través de signos con mensajes ideológicos, se forman imágenes y patrones de significados que permiten ejercer el control sobre el comportamiento, dado que las personas asumen estos paisajes "manufacturados" de manera natural y lógica, pasando a incorporarlos a su imaginario y a consumirlos, defenderlos y legitimarlos. En efecto, el paisaje es también un reflejo del poder y una herramienta para establecer, manipular y legitimar las relaciones sociales y de poder. De ahí que sea tan importante analizar los símbolos que la nación, el estado o la religión dejan impresos en el paisaje para marcar su existencia y sus límites. Interesa también averiguar los criterios por los que un paisaje es calificado, por ejemplo, de exótico, o aquellos paisajes que se convierten en un espectáculo y, por lo tanto, son utilizados por el marketing urbano recreando la diferencia o la similitud y reinterpretando el pasado. La teatralidad del paisaje adopta caracteres épicos en los ambientes rurales, a menudo identificados como símbolo de los orígenes y la pureza de la identidad nacional, a pesar de que en la actualidad estén marginados política y económicamente.

Existen, en definitiva, formas de mirar el paisaje múltiples, simultáneas, diferentes y, algunas veces, hasta en competencia. Los paisajes se construyen socialmente en el marco de un juego complejo y cambiante de relaciones de poder, esto es de género, de clase, de etnia..., de poder en el sentido más amplio de la palabra. La "mirada" del paisaje es extraordinariamente compleja y en ella interactúan muchas identidades sociales diversas, y no sólo eso, sino que también influyen factores tales como la estética dominante en un momento y lugar determinados. En efecto, a menudo sólo vemos los paisajes que "deseamos" ver, es decir aquellos que no cuestionan nuestra idea de paisaje, construida socialmente. Dicho de otra manera: buscamos en el paisaje aquellos modelos estéticos que tenemos en nuestra mente, o que más se aproximan a ellos, como intenté poner de manifiesto en otro libro de la misma colección más arriba citada que apareció en 2009 bajo el título El  paisaje en la cultura contemporánea.

Esta última reflexión nos acerca a un campo muy poco explorado hasta el presente, complejo sin duda, pero, a su vez, muy evocador y sugerente: los paisajes incógnitos e invisibles o, mejor dicho, no visibles para algunas miradas. Nos referimos a aquellos paisajes que, por diversas circunstancias, pasan desapercibidos y no son considerados habitualmente; paisajes invisibles que sin duda son objeto de una construcción social y que, por lo mismo, para unos sí son visibles, porque no olvidemos que la invisibilidad no es independiente de la mirada. Son, entre otros, los paisajes fugaces y efímeros de las metrópolis contemporáneas, los paisajes del miedo construidos socialmente, los paisajes de la ciudad oculta, los paisajes del cuerpo o, también, los paisajes de la nostalgia y del recuerdo, tan presentes en las diásporas y en las migraciones forzosas.

Aunque no seamos conscientes de ello, aunque no los veamos ni los miremos, lo cierto es que nos movemos a diario entre paisajes incógnitos y territorios ocultos, entre geografías invisibles sólo en apariencia. Las geografías de la invisibilidad –aquellas geografías que están sin estar- marcan nuestras coordenadas espacio-temporales, nuestros espacios existenciales, tanto o más que las geografías cartesianas, visibles y cartografiadas propias de las lógicas territoriales hegemónicas. Y, sin embargo, ahí están, en nuestros sueños y quimeras y también en el tozudo  escenario de nuestra cotidianeidad. Son las ‘otras’ geografías: las que contienen los ‘otros’ paisajes.

Hoy, cuando parecía que la Tierra había sido finalmente explorada y cartografiada en su totalidad y hasta el más mínimo detalle, reaparecen nuevas "tierras incógnitas", que poco o nada tienen que ver con aquellas terrae incognitae de los mapas medievales o con esos espacios en blanco en el mapa de África que tanto despertaron la imaginación y el interés de las sociedades geográficas decimonónicas, o de los protagonistas de muchas novelas de la época, como Marlow, el protagonista principal de El corazón de las tinieblas (1898-1899), de Joseph Conrad.

En nuestros días, ante los ojos –o, mejor dicho, ante las lentes- de los más sofisticados sistemas de teledetección y de información geográfica, están apareciendo de nuevo espacios en blanco en nuestros mapas, con unos límites imprecisos y cambiantes, difusos, difíciles de percibir y aún más de cartografiar. La geopolítica contemporánea se caracteriza por una caótica coexistencia de espacios absolutamente controlados y de territorios planificados con precisión milimétrica, al lado de nuevas tierras incógnitas que funcionan con otra lógica. Nuevos agentes sociales han forjado opacas redes espaciales y creado nuevos territorios no siempre de fácil acceso, a menudo misteriosos, y un tanto sombríos. Son territorios –y, en ellos, sus habitantes- desconectados y marginados de un sistema cada vez más segmentado en estratos espaciales absolutamente distanciados unos de otros. Los mapas se han llenado de nuevo de tierras desconocidas, de regiones que se alejan, que se apartan, que se ‘descartografían’ y se vuelven opacas, invisibles.

Los grandes espacios urbanos y metropolitanos contemporáneos están plagados de zonas inseguras, indeseables, desagradables, fácilmente sorteables y escamoteables a la mirada. Son los territorios de la ciudad oculta, que sólo entrarán en escena cuando, por diversas circunstancias, el espacio que ocupan se convierta en apetecible, bien por procesos de aburguesamiento (gentrification), bien por otras vías. Vertederos de todo tipo y obsoletos paisajes industriales sin valor histórico y monumental alguno entrarían también en esta categoría.

Más allá de estos territorios ocultos casi con premeditación, emergen en la ciudad contemporánea otro tipo de geografías y de paisajes invisibles, basadas en redes espaciales extraordinariamente dinámicas y variadas que pocas veces tenemos en cuenta. Ahí están, por ejemplo, las geografías de la noche (las del lumpen, las de las actividades ilegales que precisan de la nocturnidad); las geografías de la sexualidad y sus correspondientes cartografías del deseo (los espacios homosexuales, los puntos de prostitución en zonas públicas, los encuentros sexuales furtivos en lugares no definidos); las geografías de los mendigos y vagabundos, de los músicos callejeros, de las ventas y de los mercados ambulantes no autorizados; las geografías de las tribus urbanas, que a menudo delimitan sus territorios a través de tags y graffiti; en definitiva, un sinfín de redes espaciales que configuran ‘otras’ geografías, a veces incluso con un cierto carácter disidente y alternativo y casi siempre heterodoxas, desconocidas y vistas con recelo por el poder, por su carácter transgresor, nómada, de muy difícil localización y delimitación geográficas y, por lo mismo, fuera de control. El saber geográfico ha proporcionado siempre al poder una información espacial de carácter duradero, cartesiano, que le ha permetido controlar y gestionar el territorio con probada eficacia. Pero este mismo saber geográfico demuestra tener serias dificultades para describir y analizar lo nómada, lo efímero, lo fugaz... y el poder otras tantas para controlarlo y gestionarlo.

Los científicos sociales se han abierto a los procesos de exclusión social analizando las pautas que llevan a la sociedad a excluir o a oprimir -social y espacialmente- a los que, por impedimentos de todo tipo, se consideran o son considerados marginados. La definición más habitual de exclusión social habla del resultado de procesos y/o factores que impiden el acceso de individuos o colectivos a la participación en la sociedad civil. El énfasis actual va más allá de los indicadores convencionales de pobreza (esencialmente económicos) e incorpora aspectos tales como el acceso a la justicia, al mercado laboral o a los procesos políticos, incidiendo siempre en el aislamiento social y espacial de estos individuos en relación con los cánones establecidos. Todos los individuos y grupos que no tienen cabida en la supuesta ortodoxia socioespacial no tienen más remedio que labrarse sus propias geografías de exclusión. Un ejemplo bien conocido y estudiado es el de los espacios de la comunidad gay: en algunos países, las zonas de contacto gay en espacios públicos se toleran mientras sean "invisibles" (es decir, no molestas) y no incidan directamente en las pautas locales de uso tradicional. Ahora bien, cuando se transforman en una práctica abierta y establecida y por lo tanto suficientemente visible como para ser identificada como un estorbo público, estos espacios y sus usuarios sufren la crítica vecinal y el acoso policial, condenando la identidad homosexual al aislamiento y a la clandestinidad. Sin embargo, no sucede así cuando la comunidad gay participa directamente en la promoción económica y cultural de la zona, garantizando el funcionamiento de restaurantes, cines y hoteles. La cultura gay puede entonces declararse abiertamente homosexual y será incluso promovida oficialmente como parte del espectáculo multicultural, precisamente porque representa un sector importante de la ciudad global y de sus circuitos de inversión. He ahí un ejemplo paradigmático de hasta qué punto la invisibilidad no es independiente de la mirada, ni de los procesos de construcción social, ni de las relaciones de poder, como indicaba al principio.

¿Y qué hay de los paisajes sensoriales no visuales, de las geografías inducidas por el gusto, el tacto y el olfato? Hemos relacionado históricamente el paisaje geográfico con el sentido de la vista, pero el olfato, el oído o el tacto pueden ser mucho más potentes e inmediatos que el sentido de la vista a la hora de vivir o imaginar un paisaje, y en especial sus elementos ocultos. La primacía de la visión en la cultura intelectual de Occidente se originó en un momento y lugar precisos hasta convertirse en un rasgo característico de la modernidad y del racionalismo occidental e influir en una determinada forma de ver y de entender el paisaje, aún hegemónica y muy alejada de la históricamente dominante en China y Japón, lo que nos remite de nuevo al paisaje entendido como una construcción social.

¿Y qué decir de los paisajes emocionales generados por las diásporas, el exilio y la emigración, materializadas en el imaginario colectivo de estos grupos a través del recuerdo de unos paisajes que nada tienen que ver con los que contemplan a diario en sus nuevos destinos? Los paisajes de la geografía construida por el inmigrante, que no sigue en su vida cotidiana la lógica global que le ha forzado a migrar, sino que escudriña cada rincón de la ciudad en una especie de microgeografía de la vida cotidiana, están ahí aún por describir. La intensificación y heterogeneidad de las corrientes migratorias están generando una ingente construcción de materialidades y representaciones paisajísticas, que reconfiguran identidades a partir del inevitable contacto cultural con el "Otro".

Definitivamente, las geografías de la invisibilidad, las cartografías de la cotidianeidad y sus correspondientes paisajes ocultos están aún por describir, por interpretar. Y ello no será posible mientras no nos convenzamos de que la realidad está constituida, a la vez, por presencias y ausencias, por elementos que se manifiestan y otros que se esconden, pero que siguen estando ahí. En otras palabras, la realidad no es sólo lo que se ve. Lo visible no puede identificarse con lo real, y viceversa. Hay que aprender a mirar lo que no se ve, como aquellos historiadores del arte que son capaces de intuir que debajo de una pintura visible hay otra invisible, por lo general más interesante que la primera. ¿Cuál es la clave para saber mirar lo que no se ve, para convertirse en una especie de zahorí del paisaje?

Nada mejor que el paisaje para aplicar una ontología de lo visible, porque el paisaje es, a la vez, una realidad física y la representación que culturalmente nos hacemos de ella; la fisonomía externa y visible de una determinada porción de la superfície terrestre y la percepción individual y social que genera; un tangible geográfico y su interpretación intangible. Es, a la vez, el significante y el significado, el continente y el contenido, la realidad y la ficción, como ya intuyó de manera magistral Italo Calvino en su libro Las ciudades invisibles. Pero, además, el paisaje es hoy y ayer, presente y pasado, y el ayer -el pasado- entra en la categoría de lo no visible a simple vista; entra en la categoría de lo casi invisible, aunque siempre presente: son las herencias históricas, las continuidades, las permanencias, los estratos superpuestos de restos de antiguos paisajes. El paisaje es un extraordinario palimpsesto constituido por capas centenarias, a veces milenarias.

Dentro de este marco interpretativo que entiende el paisaje como un producto social, la ciudad –o mejor aún, los paisajes urbanos-, a la que ya me he referido en parte más arriba, merece una atención especial. Asistimos, en efecto, a la emergencia de nuevos espacios urbanos como resultado de intensas dinámicas de metropolización y urbanización difusa y dispersa, que comportan transformaciones territoriales, ambientales y paisajísticas muy remarcables. La ciudad ha "explotado" y ello ha redundado en una excepcional difusión y dispersión en un extenso territorio de los asentamientos de población, de las actividades económicas y de los servicios.

Hasta ahora ha habido poco interés por analizar los paisajes resultantes de estas formas de urbanización. Se han estudiado los procesos que los originan, las dinámicas territoriales que los generan, pero no sus paisajes, cuando es evidente que detrás del urban sprawl descrito más arriba se esconde una nueva estética, una nueva concepción del espacio y del tiempo, un nuevo paisaje, en definitiva, al que alguien se ha atrevido ya a darle nombre: el paisaje de la dispersión, el sprawlscape. No es fácil, sin embargo, ‘leer’ este nuevo paisaje, al menos con la facilidad con que aprendimos a leer desde la semiología urbana, desde Kevin Lynch, el paisaje urbano compacto. ¿Qué categorías? ¿Qué claves interpretativas nos permitirían leer hoy el paisaje de la dispersión, el sprawlscape? No es fácil integrar en una lógica discursiva clara y comprensible los paisajes de frontera, híbridos, fracturados, rotos, en forma de manchas de aceite que generan los nuevos entramados urbanos; unos paisajes de difícil legibilidad y que a veces parecen móviles, itinerantes, nómadas.

Y, sin embargo, son estos paisajes cotidianos, metropolitanos-periurbanos-rururbanos, los que viven la mayoría de la gente y los que hoy día deberían merecer, también, nuestra atención. Abundan en ellos los espacios vacíos, desocupados, aparentemente libres; espacios que aparecen como tierras de nadie, territorios sin rumbo y sin personalidad; espacios indeterminados, de límites imprecisos, de usos inciertos, expectantes, en ocasiones híbridos entre lo que han dejado de ser y lo que no se sabe si serán. Son los terrains vagues, extraños lugares que parecen condenados a un exilio desde el que contemplan, impasibles, los dinámicos circuitos de producción y consumo de los que han sido apartados y a los que algunos –no todos- volverán algún día.

Así pues, el paisaje es un concepto fuertemente impregnado de connotaciones culturales y puede ser interpretado como un dinámico código de símbolos que nos habla de la cultura de su pasado, de su presente y tal vez también de la de su futuro. La legibilidad semiótica de un paisaje, esto es el grado de descodificación de sus símbolos, puede tener mayor o menor dificultad, pero está siempre unida a la cultura que los produce. Si la cultura es concebida como un sistema de significaciones vehiculadas por un conjunto de mediadores y de representaciones, el paisaje juega un papel esencial en tanto que contribuye a la objetivación y a la naturalización de la misma: el paisaje no sólo refleja la cultura, sino que es parte de su constitución. Y es por ello mismo –y sobre todo- un producto social.

 

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